Después de recorrer, paso a paso, a lo largo de 18 partes los relatos de infancia, vale la pena cerrar con una idea simple: en el Nuevo Testamento no hay “un” relato del nacimiento de Jesús, sino dos composiciones distintas (Mateo 1–2 y Lucas 1–2), escritas con objetivos teológicos diferentes y, recién más tarde, fusionadas en la imaginación cristiana (pesebre + pastores + magos + estrella + huida a Egipto, todo junto).
1) Un mapa mínimo para no mezclar: por qué Mateo y Lucas se parecen… y por qué no
Mateo y Lucas son “sinópticos” junto con Marcos, porque comparten muchas escenas y dichos en el ministerio público. La explicación más difundida en la investigación moderna es la prioridad de Marcos: Marcos habría sido el primer evangelio, y Mateo y Lucas lo habrían usado como base narrativa; además, comparten material en común que no está en Marcos (la famosa “doble tradición”), que muchos explican postulando una fuente hipotética de dichos, Q (del alemán Quelle, “fuente”).
Ahora bien: Q no es un “evangelio perdido” hallado en una cueva, sino una hipótesis de trabajo para explicar un fenómeno textual. Y también existen alternativas (por ejemplo, la hipótesis de Farrer: Marcos → Mateo → Lucas, sin Q). En un blog divulgativo como este, conviene decirlo así: hay un consenso amplio en Marcos primero, y hay debate sobre si hace falta Q o si Lucas pudo conocer a Mateo.
Un dato útil para ubicar proporciones sin obsesionarse con exactitudes matemáticas: Mateo reproduce casi todo Marcos (≈90% de su contenido), y Lucas también toma una parte grande (aprox. la mitad).
Nota técnica breve (sin marear): contar “versículos” o “palabras” depende de ediciones y criterios; por eso, cuando un autor dice 90% o 50%, lo importante es la magnitud: Marcos es la columna vertebral de ambos.
2) Rasgos propios de Mateo (en clave de infancia)
Mateo, en líneas generales, escribe para una comunidad muy en diálogo (y tensión) con el judaísmo, y por eso su estilo es marcadamente “escriturístico”: todo el tiempo arma puentes con el Antiguo Testamento para presentar a Jesús como cumplimiento y plenitud.
En la infancia eso se ve con claridad:
- Genealogía programática: no es un “árbol familiar” inocente, sino un manifiesto: Jesús queda anclado en la historia de Israel y, sobre todo, en David. Y la estructura 14–14–14 funciona como un recurso de énfasis simbólico: tres veces David (porque en hebreo las letras de David suman 14). Ese “tres veces” cumple un rol parecido al superlativo litúrgico (“Santo, Santo, Santo”): no suma información biográfica, subraya una tesis.
- Jesús como nuevo Moisés: la trama (amenaza del tirano, salvación del niño, salida/retorno) no pretende sonar a “crónica periodística”, sino a lectura tipológica: así como Israel tuvo un comienzo con Moisés, la nueva etapa del pueblo de Dios comienza con Jesús.
- José como protagonista narrativo: sueños, decisiones, desplazamientos: Mateo construye su teología de la obediencia y la providencia con ese recurso.
(Una precisión que conviene mantener: las fechas “80–90 d.C.” para Mateo y Lucas son aproximaciones usadas con frecuencia en la investigación; lo relevante no es el número exacto, sino el contexto: comunidades cristianas ya organizadas, posguerra judía y con debates fuertes sobre identidad.)
3) Rasgos propios de Lucas (en clave de infancia)
Lucas tiene un pulso distinto: escribe en un griego más cuidado, con un proyecto literario “en dos tomos” (Evangelio + Hechos), y le interesa mostrar un cristianismo capaz de hablar a públicos no judíos sin perder sus raíces.
En los relatos de infancia se notan marcas típicas:
- El Espíritu Santo aparece como motor del drama: no es decoración piadosa; es la manera de Lucas de decir que la historia de Jesús y la historia de la Iglesia comparten el mismo “impulso” (y eso prepara naturalmente Hechos).
- María ocupa un lugar central: escenas, memoria, cánticos, contemplación. Lucas la usa como personaje-teológico: es el punto donde fe, cuerpo, historia y promesa se cruzan.
- Tono misericordioso y social: Lucas tiende a encuadrar la salvación con una sensibilidad pastoral más explícita (pobres, humildes, reversión de expectativas), y suele “limar” ciertas asperezas del relato cuando compara tradiciones paralelas.
4) Belén, Nazaret y el “realismo” del símbolo
Conviene decirlo con cuidado y sin fanatismos: históricamente, lo más sólido es que Jesús fue conocido como “de Nazaret” (eso atraviesa tradiciones diversas), y que Nazaret era una aldea galilea pequeña, “de cientos” de habitantes.
Belén, en cambio, funciona sobre todo como marcador davídico: “ciudad de David” = “Mesías davídico”. En el imaginario bíblico, ubicar el nacimiento en Belén no es un capricho geográfico; es una manera de confesar quién es Jesús. Y, además, Belén mismo en el siglo I era un poblado pequeño, lo cual encaja con el tono humilde del marco narrativo.
Dicho sin agresividad: el símbolo no es “mentira”; es otro lenguaje. La exégesis no “destruye” la Navidad: la vuelve más inteligente.
5) Un recordatorio que ordena muchas “contradicciones”: cada evangelista narra para su objetivo
Preguntas como estas (muy sanas) se responden casi solas cuando se acepta lo anterior:
- ¿Por qué en un lugar parece que “todo el mundo” supo quién era el niño (ángeles, pastores, magos) y después, ya adulto, la gente lo trata como uno más?
- ¿Por qué María y José se desconciertan en el episodio del Templo si ya hubo anuncios celestes?
Porque los relatos de infancia, tal como están escritos, no funcionan como “prólogo histórico” del ministerio, sino como prólogo teológico: abren la confesión de fe del evangelista con escenas-modelo. La biografía antigua no se escribe como una biografía moderna; y los evangelios, además, son predicación narrada.
Exégesis vs. homilía dominical (para cerrar la serie sin pelearse con nadie)
La exégesis histórico-crítica pregunta: ¿cómo se compuso este texto, qué fuentes usa, qué géneros literarios emplea, qué teología quiere transmitir, qué contexto comunitario lo explica? Por eso desarma la “postal única” y devuelve dos relatos con sus tensiones, símbolos y estrategias.
La homilía, en cambio, suele tener otra tarea: alimentar la fe hoy, en un contexto litúrgico y pastoral. Por eso muchas veces toma el relato “como viene” (aún cuando esté armonizado en la memoria colectiva) para invitar a la confianza, la esperanza, la conversión.
Cuando se entiende esa diferencia, baja la ansiedad: la homilía no es un seminario, y la exégesis no es un ataque a la piedad, sino una forma de honrar el texto con honestidad intelectual. Y, personalmente, creo que ahí está el punto más hermoso: la Navidad puede seguir siendo celebrada con ternura…