viernes, 1 de noviembre de 2019

Día de Todos los Santos

Cada 1 de noviembre la Iglesia católica celebra la Solemnidad de Todos los Santos. En esta fiesta no se recuerda solamente a aquellos hombres y mujeres cuyos nombres figuran en el calendario litúrgico o que han sido reconocidos oficialmente mediante una canonización, sino también a esa multitud innumerable de santos que, conocidos sólo por Dios, participan ya de su gloria. La imagen del Apocalipsis de una “muchedumbre inmensa, que nadie podía contar, de todas las naciones, tribus, pueblos y lenguas” expresa muy bien el sentido de esta celebración (Ap 7, 9).

Todos los Santos recuerda, además, que la santidad no es patrimonio exclusivo de unas pocas figuras excepcionales. Es la vocación de todo cristiano, llamado a vivir unido a Dios y a traducir esa comunión en la vida concreta, siguiendo el camino de las Bienaventuranzas proclamadas por Jesús (Mt 5, 1-12).

Conviene distinguir esta solemnidad de la Conmemoración de Todos los Fieles Difuntos, celebrada el 2 de noviembre. El día 1 la Iglesia se alegra por quienes han alcanzado ya la comunión plena con Dios; al día siguiente ora especialmente por los fieles difuntos, confiándolos a la misericordia divina. Ambas celebraciones están profundamente relacionadas por la comunión de los santos, pero no expresan exactamente la misma realidad.

 

Historia

Desde los primeros siglos, las comunidades cristianas acostumbraron a celebrar el aniversario de la muerte de los mártires, entendida como su nacimiento a la vida eterna. A medida que aumentó su número, surgieron también conmemoraciones colectivas. Ya en el siglo IV encontramos testimonios de celebraciones dedicadas conjuntamente a los mártires; en Antioquía, por ejemplo, se los conmemoraba el domingo después de Pentecostés, una costumbre que conserva todavía hoy la tradición bizantina para la celebración de Todos los Santos.

En Occidente, uno de los antecedentes más importantes tuvo lugar en Roma en el año 609 o 610, cuando el papa Bonifacio IV consagró el antiguo Panteón a la Virgen María y a todos los mártires. La celebración romana quedó entonces vinculada al 13 de mayo.

Más adelante, el papa Gregorio III (731-741) dedicó en la antigua Basílica de San Pedro una capilla en honor de todos los santos y vinculó su conmemoración al 1 de noviembre. En el siglo IX, durante el pontificado de Gregorio IV (827-844), la celebración del 1 de noviembre se difundió ampliamente por la Iglesia occidental hasta consolidarse como la fecha de la Solemnidad de Todos los Santos.

A veces se afirma que la elección del 1 de noviembre tuvo como finalidad reemplazar la antigua festividad gaélica de Samhain. Sin embargo, no contamos con evidencia histórica suficiente para presentar esa explicación como un hecho comprobado. La historia de Todos los Santos es anterior a su fijación definitiva en noviembre y se desarrolló de maneras diferentes en distintas regiones de la cristiandad. Por eso resulta más prudente distinguir la evolución propia de la fiesta cristiana de las tradiciones populares que, con el paso del tiempo, pudieron convivir o mezclarse con ella en algunos lugares.

 

El sentido de la celebración

En Todos los Santos la Iglesia venera a todos aquellos que ya participan de la vida de Dios, tengan o no una celebración propia en el calendario. No se trata de rendirles el culto que corresponde únicamente a Dios, sino de reconocer en ellos la obra de la gracia, agradecer su testimonio y pedir su intercesión. La fiesta hace visible la comunión que une a la Iglesia peregrina en la tierra con quienes ya han llegado a la meta.

En el calendario litúrgico latino, Todos los Santos tiene rango de solemnidad. El Derecho Canónico la incluye entre las fiestas de precepto, aunque la aplicación concreta puede variar según las disposiciones de cada conferencia episcopal y de cada Iglesia particular. En 2026, además, el 1 de noviembre coincide con domingo, por lo que la solemnidad se celebra en el marco de la jornada dominical.

Las visitas a los cementerios, la colocación de flores y la oración por los seres queridos fallecidos suelen concentrarse especialmente en torno al 2 de noviembre, Conmemoración de los Fieles Difuntos, aunque en muchos países las costumbres populares abarcan ambos días. La tradición cristiana invita, en cualquier caso, a vivir estas fechas desde la esperanza en la resurrección y no desde el temor a la muerte o la superstición.

Celebrar Todos los Santos es, finalmente, recordar que la santidad no pertenece solamente al pasado. Los santos no son personajes lejanos o figuras inalcanzables, sino hombres y mujeres que buscaron responder a Dios en circunstancias concretas, con sus límites, luchas y decisiones. Su memoria invita a cada cristiano a preguntarse de qué manera puede vivir hoy con mayor fidelidad el Evangelio.

 

Actualización - 1 de noviembre de 2026

En el Ángelus de este 1 de noviembre de 2026, el papa León XIV volvió a subrayar precisamente esta dimensión universal de la fiesta. Recordó que la Iglesia celebra tanto a los santos reconocidos oficialmente como a muchos otros que sólo Dios conoce, y afirmó: “La santidad no es un privilegio para unos pocos, sino una vocación universal que nos interpela a cada uno de nosotros allí donde vivimos”.

El Papa presentó a los santos como hombres y mujeres que hicieron de su vida un don a Dios y al prójimo, y señaló que la santidad se concreta en gestos y decisiones de amor, justicia, perdón, misericordia y construcción de la paz. De este modo, la Solemnidad de Todos los Santos no invita solamente a mirar con admiración a quienes nos precedieron, sino también a reconocer que el llamado a la santidad continúa dirigido a cada cristiano en su propia vida cotidiana.

jueves, 31 de octubre de 2019

HALLOWEEN - Cristiano, no lo celebres!!!

El comportamiento de un cristiano

Cada 31 de octubre vuelve la misma discusión: ¿puede un cristiano participar de Halloween? La respuesta exige distinguir. No todo lo que hoy se llama Halloween es satanismo ni toda actividad infantil vinculada a esa fecha implica una práctica ocultista. Pero tampoco todo da lo mismo. La fe cristiana invita a discernir qué celebramos, qué símbolos asumimos y qué prácticas normalizamos.

La Escritura es muy concreta cuando habla de ciertas prácticas. Deuteronomio prohíbe la adivinación, los augurios, la hechicería, los encantamientos y la consulta de los muertos (Dt 18,10-12). El Catecismo de la Iglesia Católica mantiene esa misma línea al rechazar la adivinación, el espiritismo, la magia y todo intento de recurrir a poderes ocultos (CEC 2116-2117).

Por eso, el criterio cristiano no debería consistir en temer una fecha del calendario, una calabaza o un disfraz, sino en evitar conscientemente aquello que banaliza o promueve prácticas incompatibles con la fe. Un niño disfrazado para jugar no está realizando un rito mágico; una sesión espiritista, una invocación de muertos o una práctica adivinatoria pertenecen a otra categoría completamente distinta.

“No te dejes vencer por el mal. Por el contrario, vence al mal haciendo el bien.” (Rm 12,21)

 

No eduquemos en el miedo ni en la superstición

También conviene evitar el extremo contrario: convertir Halloween en una especie de noche en la que cualquier objeto, disfraz o decoración tendría por sí mismo un poder espiritual. Eso también puede alimentar supersticiones. El Catecismo advierte precisamente contra la atribución de una eficacia casi mágica a cosas o prácticas por su sola materialidad (CEC 2111).

Con los niños, la mejor respuesta no es asustarlos. Es preferible enseñarles que la fe cristiana no se construye sobre el miedo, sino sobre la confianza en Dios. Jesús presenta a sus discípulos bajo la imagen de las ovejas que escuchan su voz y permanecen en sus manos (Jn 10,27-30). Esa confianza no significa negar la existencia del mal, sino evitar que el miedo se convierta en una obsesión religiosa.

Por eso puede haber actividades infantiles, disfraces o reuniones familiares sin que por ello exista una adhesión al ocultismo. El discernimiento comienza cuando se pregunta qué se está celebrando realmente y qué significado se le atribuye.

 

Precauciones reales, no imaginarias

Si los niños salen esa noche, las precauciones más inmediatas son las mismas que en cualquier actividad nocturna: acompañamiento adulto, visibilidad en la vía pública, cuidado con el tránsito, revisión de los alimentos recibidos y atención a los lugares a los que ingresan. No hace falta inventar peligros sobrenaturales para tomar en serio los peligros reales.

Y si aparece una propuesta que efectivamente incluye espiritismo, adivinación, invocaciones, rituales mágicos o exaltación consciente del satanismo, la posición cristiana es clara: no participar. La diferencia está entre una costumbre social o lúdica y una práctica religiosa u ocultista.

 

¿De dónde viene Halloween?

La palabra Halloween procede de la expresión inglesa All Hallows' Eve, es decir, “víspera de Todos los Santos”. El nombre mismo, por lo tanto, está ligado a la celebración cristiana del 1 de noviembre.

La historia cultural de la fecha, sin embargo, es compleja. En las islas británicas existió la antigua festividad gaélica de Samhain, asociada al final de la temporada de cosechas y al comienzo del invierno. Las tradiciones medievales y posteriores vincularon esa época del año con relatos sobre el Otro Mundo, los muertos, seres sobrenaturales, hogueras y diversas formas de adivinación. Pero no contamos con evidencia suficiente para reconstruir una única “ceremonia celta de Halloween” en la que estuvieran presentes todos los elementos que hoy suelen repetirse en internet.

Por eso conviene ser prudentes. No es históricamente correcto afirmar, por ejemplo, que los celtas construyeron Stonehenge, ni presentar como hecho seguro que en Samhain se sacrificaban personas en grandes hogueras. Tampoco es posible trazar una línea simple e ininterrumpida desde una fiesta pagana antigua hasta cada costumbre del Halloween moderno.

Lo más razonable es hablar de una superposición y transformación de tradiciones a lo largo de muchos siglos: festividades estacionales precristianas, celebraciones cristianas de los santos y los difuntos, folklore medieval y moderno, costumbres irlandesas y escocesas y, finalmente, una enorme reelaboración cultural y comercial en América del Norte.

 

Todos los Santos y los Fieles Difuntos

La conmemoración cristiana de los santos es muy antigua y no nació simplemente como una copia de Samhain. Ya en los primeros siglos los cristianos conmemoraban conjuntamente a los mártires. En Roma, el papa Bonifacio IV consagró el Panteón a Santa María y a todos los mártires el 13 de mayo de 609 o 610. Más tarde, Gregorio III, en el siglo VIII, fijó en Roma una conmemoración de todos los santos el 1 de noviembre, y Gregorio IV extendió esa celebración en el siglo IX.

La conmemoración de todos los fieles difuntos tiene otra historia. San Odilón de Cluny impulsó en sus monasterios la celebración del 2 de noviembre entre finales del siglo X y comienzos del XI, y desde allí la práctica se difundió ampliamente por la Iglesia occidental.

Que estas celebraciones cristianas hayan convivido y, con el tiempo, se hayan entrelazado con costumbres populares anteriores o paralelas no significa que todo lo que hoy llamamos Halloween sea pagano ni, a la inversa, que todo elemento de la cultura de Halloween sea cristiano. La historia real es bastante más mezclada.

 

Del souling y el guising al “trick or treat”

Entre los antecedentes de la costumbre moderna de pedir dulces se encuentran prácticas medievales y modernas de las islas británicas. En el llamado souling, personas pobres y posteriormente niños recorrían casas pidiendo alimentos, entre ellos los llamados soul cakes, a cambio de oraciones por los difuntos. En Escocia e Irlanda también se desarrolló el guising: niños disfrazados visitaban casas y ofrecían canciones, poemas u otras actuaciones a cambio de comida o pequeños regalos.

Estas tradiciones no se transformaron de manera automática en el actual trick or treat. La expresión comenzó a documentarse en América del Norte durante la década de 1920 y la costumbre se popularizó ampliamente, sobre todo en Estados Unidos y Canadá, a mediados del siglo XX. El Halloween infantil que hoy conocemos es, en buena medida, un producto moderno.

Por eso tampoco es necesario cargar la frase “trick or treat” con un significado ocultista que hoy la mayoría de los niños no le atribuye. En su uso actual suele ser simplemente la fórmula de un juego social: tocar una puerta y recibir golosinas.

 

La calabaza y la leyenda de Jack

La imagen de la calabaza iluminada, o jack-o'-lantern, también tiene una historia más compleja que una única explicación. En Irlanda y Escocia existen antecedentes de rostros tallados en nabos y otros vegetales. En América del Norte la calabaza, mucho más grande y fácil de tallar, terminó imponiéndose.

A esa costumbre se asoció posteriormente la leyenda de “Stingy Jack”, un personaje que engaña repetidas veces al diablo y termina condenado a vagar con una brasa encendida dentro de un nabo. Como ocurre con muchas historias folklóricas, existen numerosas versiones y no corresponde tratar cada detalle como si fuera un dato histórico.

Desde la fe cristiana tampoco hace falta otorgarle a esa leyenda un peso que no tiene. Es folklore. Puede ser contado, estudiado o incluso utilizado como motivo decorativo sin confundirlo con una enseñanza sobre el cielo, el infierno o el destino de los muertos. La doctrina cristiana sobre esas realidades no se obtiene de las leyendas populares, sino de la Revelación y de la tradición de la Iglesia.

 

Entonces, ¿qué puede celebrar un cristiano?

No creo que la respuesta adecuada sea reducir todo a “Halloween es satánico” ni afirmar lo contrario, como si cualquier práctica fuera espiritualmente indiferente. El cristiano puede participar de actividades familiares, infantiles o culturales siempre que no impliquen adhesión a prácticas ocultistas, supersticiosas o contrarias a la fe.

También puede aprovechar el 31 de octubre para recuperar conscientemente su sentido cristiano como víspera de Todos los Santos. Recordar a quienes vivieron el Evangelio, hablar con los niños de los santos, preparar la celebración del 1 de noviembre o simplemente compartir una actividad familiar son alternativas perfectamente coherentes con la fe.

El criterio no debería ser el miedo, sino el discernimiento. No se trata de ver demonios detrás de cada calabaza, pero tampoco de trivializar aquello que la Escritura y la Iglesia consideran incompatible con la relación con Dios. Entre la superstición y la ingenuidad hay un camino cristiano mucho más sensato.

Dios nos llama a creer en Jesucristo y a vivir de acuerdo con esa fe. Las obras no se separan de ella, sino que brotan del amor a Dios y al prójimo (St 2,17-18; Ga 5,6). El 31 de octubre, como cualquier otro día del año, también puede vivirse desde esa libertad.

“Examínenlo todo y quédense con lo bueno. Eviten toda clase de mal.” (1 Tes 5,21-22)

 

Fuentes de referencia:

• Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 2111 y 2115-2117.

• Ronald Hutton, The Stations of the Sun (Oxford, 1996) y “The Celtic New Year and Feast of the Dead” (Folklore, 2024).

• Catholic Encyclopedia, voces “All Saints’ Day” y “All Souls’ Day”.

• Smithsonian Institution, estudios históricos de divulgación sobre souling, guising, trick-or-treat y jack-o’-lanterns.

 



viernes, 15 de marzo de 2019

El origen Papá Noel en la Navidad

Por: Santiago F. Garavaglia Vodopia 


Introducción:
Papá Noel, Santa Claus, San Nicolás, Viejito Pascuero… entre otros; es el nombre con el que se conoce al personaje regordete, vestido de rojo que trae regalos en la noche de Navidad. De manera común en todo el mundo las personas en su “memoria” aprovechan para dar regalos principalmente a los más pequeños.


La leyenda de San Nicolás de Bari
Nacido entre los años 250 y 270 en Patara, ciudad del sud-oeste de la actual Turquía, Nicolás fue sucesor de su tío el obispo de Myra (hoy es la localidad turca llamada actualmente Dembre). En vida, Nicolás fue protector de los débiles, de las viudas y de los niños. Fue piadoso y generoso.

El emperador Dioclesano que reinaba entonces en toda Asia menor persiguió cruelmente a los cristianos. Ello condujo al aprisionamiento de Nicolás que fue obligado a vivir cierto tiempo en el exilio.

En 313 el emperador Constantino restableció la libertad religiosa y Nicolás pudo retomar su cargo de obispo. Nicolás murió en 343, seguramente víctima de persecuciones religiosas del Imperio Romano. Fue enterrado en Myra, pero sus restos fueron robados en 1087 por mercaderes italianos que los llevaron a Bari, en Italia.

Según una de las leyendas, Nicolás habría resucitado tres niños que habían perecido en una hoguera. Los milagros que se le atribuyeron fueron tan numerosos que san Nicolás se convirtió en patrono de muchas corporaciones, ciudades, de los niños, de los navegantes, de los prisioneros, abogados, solteros, viudas… En números países de Europa se lo festeja la noche del 5 al 6 de diciembre.

La mitología de san Nicolás está fuertemente inspirada en la mitología nórdica del dios Odín. Por ejemplo, se representa a Odín acompañado por un caballo y por dos cuervos que lo ven todo, así como en numerosas representaciones, éste está acompañado de su caballo y de dos pierrots negros.

Lo poco que se conoce de la figura de San Nicolás contrasta fuertemente con la universalidad de su fama y de su culto. Fue tan popular en la antigüedad, que se le han consagrado en el mundo más de dos mil templos. Era y es invocado en los peligros, en los naufragios, en los incendios y cuando la situación económica se ponía difícil, y la gente conseguía por su intercesión favores admirables.


Devoción y reliquias
San Nicolás es especialmente famoso por los numerosos milagros que lograba conseguir de Dios. Se le representaba con unos niños, porque contaba una de las leyendas que un criminal había herido a cuchillo a varios niños, y el santo al rezar por ellos obtuvo su curación instantánea.

Se dice que desde niño se caracterizó porque todo lo que conseguía lo repartía entre los pobres. Decía a sus padres: “sería un pecado no repartir mucho, siendo que Dios nos ha dado tanto”. Al morir sus padres atendiendo a los enfermos en una epidemia, él quedó heredero de una inmensa fortuna, la cual repartió entre los pobres, yéndose luego a un monasterio. Después de visitar Tierra Santa llegó a la ciudad de Myra (Turquía) donde fue elegido obispo. Su elección se consideró un designio divino.

También pintan junto a él a una joven, ya que se dice que en su ciudad había un anciano muy pobre con tres hijas a las que no lograba casar por su extrema pobreza; el santo, por tres días seguidos, cada noche le echó por la ventana una bolsa con monedas de oro, y así el anciano logró casarlas.

De esta manera totalmente involuntaria se fue creando en nuestra vida y en nuestra mente, un sincretismo entre la festividad cristiana del nacimiento de Jesús, Hijo de Dios con una fiesta pagana que nada tiene que ver con el verdadero significado y connotación de la fecha.



Papá Noel en el viejo continente
La Reforma protestante comienza en Europa en el siglo XV y culmina en el XVI y expresa el deseo de volver a las raíces del cristianismo. Esta refleja una cierta angustia de la comunidad religiosa donde la cuestión de la salvación es central. Los reformadores denunciaban la corrupción de la Iglesia Católica, engendrada por el comercio de SinterKlass. Aprovecharon el desarrollo de la imprenta para hacer circular la Biblia en idioma vulgar (alemán) y demostraron que en ella no se hace referencia ni a los santos, ni al culto de la Virgen ni al purgatorio. La referencia a la Biblia como a una norma fue una de las principales motivaciones entre los reformadores.

Después de la Reforma protestante, la fiesta de San Nicolás fue abolida en algunos países europeos, pero en Holanda se conservó la costumbre católica antigua. Así, los niños holandeses continuaron recibiendo la visita de SinterKlaas (San Nicolás) en la noche del 5 al 6 de diciembre. San Nicolás, en ese entonces viajaba en burro y era representado como un anciano de barba blanca que llevaba un largo abrigo de color rojo y una mitra de obispo. Además de ser un filántropo, era un moralista que premiaba a los niños que lo merecían y castigaba a los desobedientes y rebeldes. En Holanda SinterKlass bajaba de un barco que venía de España. En Alemania y en Escandinavia el Weinachtsmann perdió sus atributos de obispo (la mitra y el báculo) y el burro para cambiarlos por un trineo tirado por renos. Los caracteres y el nombre cambian a veces según las regiones. Después de varias décadas, la sociedad cristiana creyó más apropiado que el "Día de los Niños" fuera más adecuado y aproximado al nacimiento del Niño Jesús. Así, en las familias cristianas, el recorrido de San Nicolás se cambió poco a poco a la noche del 24 de diciembre.



Santa Claus en América del Norte
En el siglo XVII, los holandeses emigraron a los Estados Unidos y establecieron una colonia llamada "Nieuw Amsterdam" (en holandés), que en 1664 se convirtió en Nueva York. Con ellos llevaron la costumbre de celebrar a San Nicolás y esta festividad se extendió después en todos los Estados Unidos. Para los estadounidenses SinterKlaas por las malas pronunciaciones, rápidamente se convirtió en “Santa Claus”.

Después de la Revolución Americana, los neoyorquinos de origen holandés recordaban con orgullo sus raíces europeas. Para evitar el olvido de las viejas tradiciones, John Pintard, un anticuario y patriota influyente, fundó en 1804 la “New York Historical Society”, que tenía, entre otras cosas, la intensión de promover a San Nicolás no solo como patrón de la sociedad sino también de toda la ciudad de Nueva York.

En enero e 1809, Washington Irving (1783-1859) se unió a esa sociedad y en el día de San Nicolás de ese año, publicó una historia sobre New York, donde hizo numerosas referencias al carácter alegre del santo. En esta sátira San Nicolás no era un santo obispo, sino un ciudadano holandés enano que fumaba una pipa de arcilla.

De la imaginación de Washington Irving es el origen de numerosas leyendas de San Nicolás en la New Amsterdam; como la del primer barco de emigrantes holandeses que tenía una figura de san Nicolás, la festividad que observaba la colonia holandesa, la primera iglesia que fue dedicada a él y que san Nicolás viene por las chimeneas a traer regalos. La obra de Washington Irving fue considerada como el “primer trabajo notable de la imaginación en el Nuevo Mundo.”

En 1823 el pastor norteamericano Clement Clarke Moore da forma al mito actual de San Nicolás (Santa Claus) y se basa en el personaje de Irving. Pero el carácter del personaje todavía conserva una cierta austeridad, puesto que es una especie de duende que se transporta en un trineo tirado por nueve renos, entre ellos Rodolfo (Rudolph), y que regala juguetes a los niños en la víspera de la Navidad.


Los regalos de Papa Noel o Santa Claus

Esta costumbre también es muy vieja. Ya en la antigua Roma los adultos obsequiaban regalos a los niños durante las fiestas que se realizaban a mediados de diciembre, en homenaje al dios Saturno (el Cronos de los griegos). Con el advenimiento del cristianismo, este personaje de san Nicolás distribuidor de regalos recibe el nombre de “Father Christmas”, “babbo Natale”, “pai Natal” o “père Noël” en Francia, de donde viene el nombre de “papá Noel” en español.


De rojo y con la bebida más popular

En 1886 un litógrafo de Boston llamado Louis Prang publica postales de Navidad en color con la imagen de san Nicolás con vestimentas rojas y haciéndolo residir en el Polo Norte.

Curiosamente ese mismo año se creaba la empresa Coca-Cola, que sacaba al mercado la bebida de nombre homónimo y en 1931 un ilustrador de la empresa, asoció la imagen de Santa Claus al dibujarlo portando en su mano una botella de esta bebida refrescante. Esta multinacional fue la responsable con su inmensa campaña publicitaria de que la imagen de Santa Claus como hoy día la conocemos se hiciese popular en todo el mundo.

Vemos entonces como durante la festividad de san Nicolás en el siglo XV, los ricos comienzan a dejar dádivas en zapatos puestos en las iglesias holandesas para que estas fuesen posteriormente repartidas entre los pobres y humildes, ante las acusaciones de los protestantes por el comercio de las indulgencias. En el siglo siguiente los ricos se transforman en gnomos y ya van directamente a los hogares donde hay niños para dejar sus dádivas en zapatos. Los gnomos empiezan a tener un jefe al que se identifica con el personaje que motiva la celebración de san Nicolás, el 6 de diciembre. En las colonias americanas este personaje deja de ser obispo, para ser un enano holandés alegre y bonachón, en el contexto de la recuperación de la memoria cultural holandesa.

Posteriormente un profesor de teología escribe en Boston un cuento dedicado a su hija, trasladando la festividad de los regalos a la noche anterior a la Navidad, y transformando al personaje en un hombre grande y barrigudo que viaja en un trineo arrastrado por renos voladores. Pocos años después ya viste de rojo y se le ubica en el Polo Norte. La Coca Cola universaliza el mito durante el siglo XX en el periodo de entreguerras a través de una gigantesca campaña publicitaria que asocia la leyenda a su emblemática bebida y así el mito ya está construido y universalizado.

Cristología - Según Bruno Forte

Por: Santiago F. Garavaglia Vodopia

Con los aportes que han realizado los teólogos en la década del '80 y '90, junto a los documentos pontificios del magisterio de Juan Pablo II; se muestra como han superado el manual escolástico previo al Concilio Vaticano II "De Verbo Incarnato", en favor de la recuperación del fundamento bíblico de la inteligencia de la fe, de la relevancia soteriológica del mensaje sobre Cristo y de su centralidad para la praxis cristiana.

"La cristología de Bruno Forte es una cristología de la historia, ya que nos ayuda a leer la historia de Jesús de Nazareth, la historia de Dios y la nuestra. En la historia de Jesús se revela la de Dios. En su historia de la conciencia y la libertad verdaderamente humanas manifestó el amor libre y decidido de Dios Uno y Trino que ama la diversidad de las personas y en su plena libertad e iniciativa comunica su amor a los seres humanos. Este amor es demostrado especialmente en el misterio pascual de Cristo. Su cruz reveló el amor profundo entre las personas de la Trinidad, vivido en el silencio de la cruz. [...] En la cristología de Bruno Forte, podemos descubrir la manera de hablar de Jesús hoy en el discurso teológico, la catequesis, y en el diálogo con los hombres y mujeres de hoy, experiencias que transforman a aquellos que hacen tal encuentro, como también la historia en la que están insertos." (Silva Machado, da R., 2010)

Bruno Forte expresa que la vida terrena de Jesús y su posterior resurrección hace que se manifieste como Señor de la historia con él y en él, están también implicados el Padre y el Espíritu Santo. De esta manera podemos hablar entonces de una cristología trinitaria, de veras cristiana y no intelectualista, donde Cristo se revela. Re-velare quiere decir, por tanto, el acto del pasaje desde lo velado a lo descubierto, la revelación de lo precedentemente escondido, aunque no excluye nunca del todo un permanecer del velo. La revelación de Dios en Cristo nos inspira desde la fe y nos llama a trasmitir a todas las generaciones el anuncio y la praxis creyente, en los que el Espíritu obra para llevar a la Iglesia hacia una plenitud de la verdad divina.

Asimismo es muy importante no olvidarse de un aspecto fundamental de la cristología que es el "kerygma", el cual debemos ser capaces de leer a través de la historia y fundados a la luz de la Pascua, dejándonos comprometer en la "imitación" de Cristo, hasta olvidarnos de nosotros mismos. “Quién posee realmente la palabra de Jesús -afirma san Ignacio de Antioquia-, puede percibir también su silencio, a fin de que sea perfecto, a fin de que obre a través de las cosas sobre las cuales habla y, a través de las cuales calla, sea reconocido.” (Ad Eph., 15,1-2). Sobre esta historia es la que hace su teología Mons. Forte, "en un esfuerzo por asumir la conciencia histórica de la modernidad. Pensando la teología como el encuentro entre el éxodo y el adviento, como el camino del hombre con sus preguntas, frente a la revelación de Dios, su palabra y su silencio en la Cruz, su resurrección." Expresa de si mismo Forte en una entrevista. (cfr. Jaime Antúnez Aldunate, 2014)

En su obra, Forte muestra que la iglesia en la fuerza del Espíritu no es todavía el reino, sino su anticipación en la historia. El cristianismo no es todavía la nueva creación, sino la acción del Espíritu de la nueva creación. La cristiandad no es todavía la nueva humanidad, sino su vanguardia en la resistencia contra toda cerrazón mortal, en el sometimiento y en la representación y se hace evidente que su teología de la historia se encuentra matizada con la teología de la esperanza, que encuentra expresión en la figura mesiánica de la resistencia contra las fuerzas del mal y de la muerte, todavía activas en un mundo que tiende a cerrarse en sí mismo y sobre sí mismo. Anticipación y resistencia están conectadas con las figuras mesiánicas del sometimiento y de la representación: las anticipaciones no se representan a sí mismas, sino que representan lo que debe venir, y exigen compromiso y sometimiento al presente para que se abra el futuro del reino. (Gibellini, 1998, p.317)

Es el "ya, si" pero "todavía no". La historia de la teología registra múltiples tensiones entre fe y razón. Tendríamos que esperar al final de la historia para disponer de todo el material necesario para determinar su significado y tener una idea acabada de lo que significan todos los signos. La razón histórica se orienta, pues, al futuro en virtud de su dimensión escatológica. Razón y fe, se muestran como una continuidad y no como contraposición o disparidad. La continuidad reside en que razón y fe están orientadas al futuro; distinción que reside en el hecho de que la fe está orientada al futuro escatológico, manifestado en la historia de Jesús. (cfr. Gibellini, 1998, p.295)

¿Qué sentido tiene hablar de Jesucristo hoy?

Bruno Forte introduce una pregunta radical que el mundo secularizado parece hacerle a la reflexión y a la fe de los cristianos. Ante esta provocación, la cristología, en cuanto reflexión crítica de la fe de la iglesia en Jesucristo, debe ante todo emprender el camino de una justificación de la "pretensión" cristiana. Sólo a través de él, recogiendo el desafío mediante la escucha y el diálogo con el mundo, con el hombre y con Dios, podrá percibir el sentido y la forma del servicio que está llamada a prestar en la iglesia a todos los hombres de hoy.
Vemos como el hombre secular, que ha probado la autonomía de lo mundano en todos los campos del pensamiento filosófico y científico, ha llevado a sus últimas consecuencias el proceso de "emancipación" iniciado por el iluminismo; así ha llegado a descubrir la autonomía respecto a Dios de la misma existencia del creyente, llamada a vivir en el mundo "etsi Deus non daretur", como si no existiese Dios. Sin embargo, en esta ausencia precisamente es donde asoma el misterio de su presencia. Aquí está la contradicción del hombre secular: con y en presencia de Dios, vive sin Dios. La raíz profunda de esta dialéctica de lo divino en el mundo moderno hay que buscarla en el maquinismo del mundo contemporáneo.

Así, el "Deus ex machina", el "Dios tapagujeros" de la religiosidad presecular es arrojado por el "Deus machina", por el maquinismo elevado a estructura de pensamiento y de vida. Así mismo la verificación destierra a lo divino al campo de lo falso, lo insensato: "a Dios nadie lo ha visto", luego no existe, hablar de él parece absurdo y anticientífico. Finalmente la ideología de un "regnum hominis" protesta contra un Dios que reduciría al hombre o, peor, que alinearía al hombre de su proceso terreno de liberación, en espera del premio futuro. El hombre secular no encuentra a Dios en experiencias límite, sino en el límite de toda experiencia, al advertir el encadenamiento de lo inmanente, de lo similar, del interés penúltimo, y comienza a sentir sed de una palabra que rompa el silencio de la muerte y sostenga con la esperanza la lucha del hoy.

Si Dios es justo, ¿de dónde viene el mal? Y si existe el mal, ¿cómo puede haber un Dios justo? Así, pues, de las llagas de la historia nace el rechazo o la invocación del totalmente Otro. Algunos, ante la dificultad de conciliar a Dios y al mal, suprimen el primero de ambos términos; es la solución del ateísmo trágico. "Para Dios, la única excusa es que no existe" (Stendhal y Nietzsche). "Si Dios existe, el mundo es su reserva de caza" (palabras de un ateo en una novela de L. Santucci). "Los ojos que han contemplado Auschwitz e Hiroshima nunca podrán contemplar a Dios" (Hemingway), Sin embargo, reducir todo a este mundo y a sus leyes, en realidad significa implícitamente rendirse ante el problema del dolor y de la muerte.

Además, nos enseña que contra la resignación fideísta y la rebelión atea, el Dios crucificado hace al hombre capaz de un sufrimiento activo, vivido en comunión con todos los desolados de la tierra y en oblación al Padre, que la acoge y le confiere valor. Así la historia de los sufrimientos del mundo se transforma en la historia de amor del mundo; por eso el Dios crucificado es la única verdadera novedad de la existencia humana.
En cuanto conciencia crítica de una iglesia testigo ("martyria"), la teología debe ser memoria del Crucificado-Resucitado y memoria del Padre por la virtud del Espíritu; o sea, una teología que actualice el mensaje de la fe cristiana y dé testimonio de él frente a las expectativas del tiempo, anunciando y denunciando, valientemente libre frente a los sistemas de este mundo, subversiva con la subversión de la cruz y del alba de pascua. (Bruno Forte, pp.11-40)

¿Cómo hablar de Jesucristo a los hombres de hoy?
Planteando esta interrogante, Bruno Forte dice que la seducción de lo nuevo, vinculada al ritmo frenético de la vida, parece hacer inconcebible toda idea de verdades eternas e inmutables. Que la "theologia perennis" queda, también desde este punto de vista, "hecha añicos", fuera de lugar y de tiempo, sin posibilidad e incidencia en la praxis. Sin la "traditio ecclesiae" viva, que le transmite vitalmente la "norma normans" de la fe cristiana, el teólogo no podría evitar el riesgo de un pensamiento puramente subjetivo, ni hablar un lenguaje de fe comprensible para los demás. Sería un aventurero de la inteligencia condenado a la incomunicabilidad. Sin embargo, la iglesia está en el mundo, situada en circunstancias históricas concretas que la condicionan y son condicionadas por ella.

A su vez, agrega que los ingresos de la conciencia histórica en la elaboración de la teología de nuestro tiempo -en el plano de los contenidos, de la razón teológica y de la praxis- convergen, pues, provocando al teólogo a un "situarse" consciente y responsable; o sea, no sólo debe discernir las estructuras de orden eclesial, social, político, económico y cultural en las cuales opera y por las que está condicionado, sino que debe elaborar su pensamiento en ellas y a partir de ellas, en una confrontación crítica con la Palabra fontal, que sólo así puede actualizarse y convertirse en fuerza subversiva y transformadora de la historia.

La totalidad existencial de vivir la historia, el vivo situarse en el devenir, abarca contemporáneamente la relación con lo "ya" dado, revisado y asumido críticamente, y la relación con el "todavía no". Aquí se encuentra el fundamento de la distinción clásica entre la historia como hallazgo del pasado, como saber histórico, y la historia como vida, como toma de posición actual frente al "ya" que, en ese mismo acto, es creadora del futuro. Y a la vez se encuentra aquí la exigencia de una conexión profunda y continua entre los dos polos del "saber" y del "existir" histórico; el primero visto en función del segundo, lo mismo que el segundo criticado y fundado por el primero. La historia como "assumptio praeteriti" implica el conocimiento histórico, comprender el pasado, reviviendo y reproduciendo la experiencia ajena; en ese sentido, la esencia del método histórico radica en "comprender indagando" (Droysen), y su operación fundamental es comprender como "encuentro del yo en el tú" (Dilthey).

De esta manera, la referencia primaria y normativa al pasado fontal del testimonio bíblico no implica un ensombrecimiento de la reflexión creyente en el tiempo, y en particular del dogma; el recurso al pasado, la "assumptio praeteriti" propia de la metodología histórica, además de la fe en el Espíritu que actúa en cada momento de la vida eclesial, exigen una rigurosa atención a la historia de la fe cristiana y de sus expresiones reflejas, que sin embargo se mide constantemente por una confrontación con los datos fundamentales de la Escritura. La historia en cristología lleva a la superación de un enfoque metafísico, conceptual y abstracto, en favor de una perspectiva bíblica, existencial y dinámica que, en el camino del tiempo, reavive la experiencia fontal de la reflexión y del anuncio de la iglesia naciente, hable un lenguaje narrativo y contagioso y sea valerosamente profética en la denuncia del presente y en la apertura al futuro.

Se puede decir con propiedad, entonces que el primer anuncio ofrece la puerta de entrada a la experiencia cristiana. Es una puerta experiencial, vital, una puerta por la que hay que pasar. Y no se traspasa solo con el pensamiento, sino tomando una decisión que no repugna a la razón pero que va más allá de ella; la decisión de establecer un contacto personal con Jesucristo, considerando como alguien que está vivo y que ofrece la vida en plenitud, el encuentro con Dios, la salvación. (cfr. X. Morlans, p.45)

La fe cristológica en la iglesia

Con respecto a la fe cristológica de la iglesia, Forte se interroga y pregunta ¿Es el Cristo del kerygma el Cristo del dogma? ¿Es el Cristo del Nuevo Testamento el Cristo de la iglesia? La pregunta tiene una importancia decisiva; según la respuesta que se le dé, queda en pie o cae la pretensión de la comunidad cristiana de ser la iglesia del Señor Jesús. Si el Cristo del anuncio originario fuese distinto del Cristo de la fe eclesial, siglos enteros de cristianismo se fundarían en una invención humana y no en la revelación personal de Dios, que los cristianos consideran definitivamente dada en las palabras y acontecimientos del Nuevo Testamento. Lo que está en juego entonces es la identidad misma de la iglesia y, por consiguiente, ya que a través de ella resuena en el tiempo el anuncio cristiano, la identidad de aquellos que han dado fe a este anuncio.

Entonces considerando esto, para establecer correctamente la respuesta, es necesario tener presentes claramente los términos a que se refiere la pregunta; por una parte, el kerygma, o sea, el anuncio de la comunidad de los orígenes; por otra, el dogma cristológico, o sea, la formulación madura de la fe cristiana sobre Cristo en el concilio de Calcedonia (451). La confrontación entre ellos no sólo permitirá detectar algunas líneas de la tendencia del desarrollo, sino también determinar el significado y los límites que el dogma cristológico tiene para la fe y la investigación cristiana hoy.

Es así que partiendo de la resurrección, el "credo" cristológico primitivo abarca la historia de la pasión, la sepultura y las apariciones (cf 1 Cor 15,4-5) y traduce el significado teológico de estos acontecimientos en un lenguaje narrativo concreto; el significado escatológico de todo lo ocurrido en el Crucificado-Resucitado se expone con la idea de la resurrección "al tercer día" (1 Cor 15,4), con la del descendimiento a los infiernos (cfr. 1 Pe 3,19) y con la de la subida al cielo (cfr. He 1,9; 2,33; 1 Pe 3,22; etc.). El primado de la perspectiva histórica sobre la conceptual-metafísica Y de los acontecimientos sobre el ser es evidente; la estructura básica del "credo" originario -la identidad en la contradicción entre el Jesús terreno y el Cristo de la experiencia pascual- se expresa en la narración de una historia, que es la historia de pascua y de las maravillas realizadas en ella por el Dios de la promesa en su siervo -e Hijo- Jesús.

Por todo este desarrollo, el tema claramente histórico-narrativo de la preexistencia (indicada mediante el título de Hijo de Dios) se pasa a la encarnación, pasión, muerte y resurrección, al estado glorioso del Resucitado y a su vuelta definitiva. Desde los sucesos de la Pascua, por varios siglos fueron apareciendo diversas herejías y tendencias reduccionistas de la fe, a las cuales la iglesia respondió a través de la obra de los padres de los siglos III-IV, que confluye en el solemne "credo" del concilio de Nicea (325), estableciendo a cristo como homoousios del Padre, cuestión puesta en duda por el arrianismo y por la cual se expidieron con dicha profesión de fe. Luego vendría el apolinarismo con su doctrina reduccionista de que Cristo no es plenamente humano, ni únicamente Dios, sino un ser intermedio derivado de la unión substancial entre Dios, el Hijo, y un cuerpo inanimado.
A continuación, el primer concilio de Constantinopla (381), recoge el niceno y le da la forma definitiva, y es con el cual todavía hoy se profesa la fe de la iglesia (símbolo niceno-constantinopolitano) con una nueva acentuación de la estructura ontológica de Cristo, no reduce la paradoja cristiana, no vacía la palabra de la cruz ni la fuerza inaudita de la resurrección, sino que las mantiene unidas en el escándalo de la identidad en la contradicción proclamada en pascua.

Si bien Nestorio propone al respecto una unidad moral, fundada en la total armonía de voluntad y acción de los dos componentes, o en una unidad de inhabitación, en virtud de la cual el hombre Jesús hospedaría al Verbo como un templo; vemos como esto es, sin embargo, una "cristología de la separación", que no puede aceptar en consecuencia para María el título de "madre de Dios" (Theotokos), sino a lo sumo el de "madre de Cristo" (Christotokos); quien será condenado por su herejía mariológica, en el concilio de Éfeso (431). Sin embargo, la expresión extrema de la tendencia que triunfa en Éfeso se revela en el "monofisismo". Eutiques, archimandrita de los monjes de Constantinopla, recurriendo a textos indudablemente equívocos del patriarca de Alejandría, subraya de tal forma la unidad de Cristo, que habla de "una sola naturaleza". A estos diversos reduccionismos, la fe de la iglesia responde solemnemente en el concilio de Calcedonia (451) con una definición que aunque ha influido más que ninguna otra en la historia de la cristología, aunque no puso fin a a las controversias sobre las naturalezas de Cristo y sus relaciones entre sí. A muchos orientales no les gustaba la terminología usada por el concilio para significar la unión de las dos naturalezas en Cristo. Creían que con ello se renovaba el nestorianismo o al menos pensaban que la definición era menos satisfactoria que el concepto de San Cirilo en Éfeso. 

Con respecto a las etapas inicial y final del proceso descrito, el kerygma y el dogma, quizás puedan parecer enfrentados si se los toma aisladamente; el primero confiesa una cristología histórico-dinámica; el segundo define una cristología estático-conceptual.  Aunque si los consideramos dentro del proceso total de desarrollo dogmático, podemos apreciar que transmiten en un lenguaje diverso y con un diverso horizonte de pensamiento una misma estructura fundamental: la identidad en la contradicción proclamada en pascua entre el Crucificado y el Resucitado. Por ende, entre el kerygma y el dogma hay una continuidad "estructural" que, frente a todas las herejías reduccionistas que se mencionaron, ha sabido mantener la paradoja propia del cristianismo, sin vaciarIa en absoluto.  (cfr. B. Forte, pp.127-141).

Sin embargo, ahora que  afirmamos la continuidad, debemos destacar la discontinuidad, la cual puede distinguirse en tres directrices fundamentales, que se resumen en la idea de "deshistorización" del kerygma o de pérdida de perspectiva histórico-dinámica en la elaboración de la fe cristiana. Las tres directrices se pueden detectar situando el dogma en relación con el pasado, el presente y el futuro. 

Respecto al pasado fontal, que es la historia de Jesús de Nazaret resucitado por Dios, Espíritu y carne no son ya vistos como dos estadios del proceso del Salvador, sino como dos sustancias, como dos entidades. Los acontecimientos de los dos estadios de humillación y exaltación son "releídos" en clave ontológica. Así Cristo sufre y muere "en cuanto hombre", y obra milagros y resucita "en cuanto Dios".

Respecto al presente de la comunidad que confiesa a Cristo, es caracterizada por una progresiva pérdida de carga existencial-soteriológica: en la fe y en la reflexión patrística, cristología y soteriología están siempre unidas la una en la otra. Todos los problemas cristológicos planteados por la herejía se mueven y encuentran su respuesta en el ámbito soteriológico, a la luz del principio de la interacción, según el cual "lo que no es asumido no es salvado". No obstante, (como expresa Forte) en Calcedonia y en las controversias relacionadas con ella se asiste a una contracción o reducción dogmática del kerygma, en virtud de la cual los acontecimientos de Cristo "por nosotros" no se mencionan ya en la definición conciliar y aparece una tendencia formalista, fruto de la recíproca provocación y de las intolerancias recíprocas entre los representantes del conflicto cristológico, que intenta fijar la fe en una fórmula concisa y conceptualmente precisa. Así lo confirma el hecho de que el dogma cristológico no haya entrado nunca, en la formulación del mismo madurada en Calcedonia, en la praxis de la iglesia como fórmula litúrgica de profesión de fe. 

Respecto al futuro, el desarollo dogmático marca una progresiva pérdida de carga profético-escatológica: hay un progresivo desplazamiento hacia el centro de gravedad de la cristología. A las fórmulas neotestamentarias, centradas en la resurrección y abiertas al horizonte de la parusía, siguen lo símbolos subapostólicos, que prestan una nueva atención al nacimiento de María, y luego el símbolo niceno, que desplaza la, atención hacia el nacimiento eterno del Padre, hasta llegar a la formula de Calcedonia articulada toda ella sobre la estructura intemporal y metafísica de Cristo. 

Por consiguiente, la recepción de la superación de la fe de Calcedonia, su práctica se establece como un proyecto para repensar históricamente toda la fe cristológica para que así se superen las carencias producidas por el proceso de deshistorización del kerygma originario. De este modo, una cristología como historia, que narre los acontecimientos en el recuerdo del pasado, significativa para la actual espera de liberación y salvación, se presenta a la vez como la traducción más fiel del kerygma en la actualidad y como el más auténtico custodio de la vitalidad del dogma. (cfr. B. Forte, pp. 125-141)
 
Conclusión
El siglo XXI nos encuentra en un momento donde las personas se creen emancipadas, libres de todo poder, autoridad, tutela o cualquier otro tipo de subordinación o dependencia y también ocurre en la fe, creyendo que pueden vivir en el mundo como si Dios no existiera. Si bien todavía sigue repicando en el subconsciente de muchos, el famoso "Dios está muerto" de Hegel, luego retomado por Nietzsche, Forte asume que un "Deus ex machina" se ha convertido en un "Deus machina" por el maquinismo elevado a estructura de pensamiento y de vida que lleva el hombre. En ese momento es cuando cambia el enfoque y explica que el hombre secular no encuentra a Dios en experiencias límite, sino en el límite de toda experiencia. Es apreciable tanto en los medios como en la vida cotidiana, que luego de salvarse de un terrible accidente o de pasar por situaciones críticas los involucrados si son ateos creen, si son católicos por herencia o costumbre comienzan a creer más y a profesar la fe de una manera fervorosa, a otros se los ve portando una gran cruz en su cuello y transmiten "paz, amor, fe y esperanza" a la vez que comienzan a involucrarse en grupos de oración o con otros laicos con similares tendencias religiosas que en ocasiones roza el fanatismo. Así mismo, si lo buscan, no faltará algún grupo carismático que les de albergue en sus festivas y vivaces reuniones. 

Por el otro lado, encontramos a los que poseen una ideología del "regnum hominis" que piensa que Dios podría reducir al hombre o que lo puede llegar a alienar de su libertad en pos de la espera de un futuro salvífico que le parece no llega nunca. A su vez, el relativismo aparece como fundamentación filosófica de la democracia, condición con la que podría permanecer libre y abierta al futuro. Todo se relativiza y todo es accidental. El identificar como una forma histórica única a Jesús de Nazaret, con lo "real" mismo, el Dios vivo, es relegado ahora como una recaída en el mito. Jesús es conscientemente relativizado como un genio religioso, como tantos más. Puede incluso que algunos lleguen a acusar que la figura de Jesús y la fe de la Iglesia es un fundamentalismo. 

Todos estos fenómenos nos afectan a los creyentes, los seglares católicos, y aunque no sintonicemos exactamente con ellos, debemos recordar que si tenemos muy enraizada nuestra fe, vivimos en la misma sociedad y respiramos el mismo aire que todos; debemos intentar dar ejemplo a nuestros semejantes, con nuestras palabras y obras, con nuestra forma de ver la vida, intentando en el día a día, ser verdaderos apóstoles y discípulos de Cristo Jesús. 

Necesitamos replantearnos los fundamentos de nuestro creer y esperar, para afianzarlos y para poder dar razón de ellos ante todos los que nos rodean. El otro es como un espejo donde me veo, me invita a replantearme muchas cosas, demostrándome que no vivo encerrado en mi burbuja. En ese otro puedo ver la huella de Otro que es Dios.
Como expresa el mismo Bruno Forte: "No hay ethos sin ethos, no hay costumbre sin casa, sin horizonte último." (Jaime Antúnez Aldunate, 1995) “No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea sino por el encuentro con una Persona, Cristo, que da un nuevo horizonte a la vida, y con ello una orientación decisiva”. (Benedicto XVI; Deus Caritas est, nº 1)

 Fuente:  Forte B. Jesus de Nazaret, Historia de Dios - Dios de la historia (1983)