jueves, 31 de octubre de 2019

HALLOWEEN - Cristiano, no lo celebres!!!

El comportamiento de un cristiano

Cada 31 de octubre vuelve la misma discusión: ¿puede un cristiano participar de Halloween? La respuesta exige distinguir. No todo lo que hoy se llama Halloween es satanismo ni toda actividad infantil vinculada a esa fecha implica una práctica ocultista. Pero tampoco todo da lo mismo. La fe cristiana invita a discernir qué celebramos, qué símbolos asumimos y qué prácticas normalizamos.

La Escritura es muy concreta cuando habla de ciertas prácticas. Deuteronomio prohíbe la adivinación, los augurios, la hechicería, los encantamientos y la consulta de los muertos (Dt 18,10-12). El Catecismo de la Iglesia Católica mantiene esa misma línea al rechazar la adivinación, el espiritismo, la magia y todo intento de recurrir a poderes ocultos (CEC 2116-2117).

Por eso, el criterio cristiano no debería consistir en temer una fecha del calendario, una calabaza o un disfraz, sino en evitar conscientemente aquello que banaliza o promueve prácticas incompatibles con la fe. Un niño disfrazado para jugar no está realizando un rito mágico; una sesión espiritista, una invocación de muertos o una práctica adivinatoria pertenecen a otra categoría completamente distinta.

“No te dejes vencer por el mal. Por el contrario, vence al mal haciendo el bien.” (Rm 12,21)

 

No eduquemos en el miedo ni en la superstición

También conviene evitar el extremo contrario: convertir Halloween en una especie de noche en la que cualquier objeto, disfraz o decoración tendría por sí mismo un poder espiritual. Eso también puede alimentar supersticiones. El Catecismo advierte precisamente contra la atribución de una eficacia casi mágica a cosas o prácticas por su sola materialidad (CEC 2111).

Con los niños, la mejor respuesta no es asustarlos. Es preferible enseñarles que la fe cristiana no se construye sobre el miedo, sino sobre la confianza en Dios. Jesús presenta a sus discípulos bajo la imagen de las ovejas que escuchan su voz y permanecen en sus manos (Jn 10,27-30). Esa confianza no significa negar la existencia del mal, sino evitar que el miedo se convierta en una obsesión religiosa.

Por eso puede haber actividades infantiles, disfraces o reuniones familiares sin que por ello exista una adhesión al ocultismo. El discernimiento comienza cuando se pregunta qué se está celebrando realmente y qué significado se le atribuye.

 

Precauciones reales, no imaginarias

Si los niños salen esa noche, las precauciones más inmediatas son las mismas que en cualquier actividad nocturna: acompañamiento adulto, visibilidad en la vía pública, cuidado con el tránsito, revisión de los alimentos recibidos y atención a los lugares a los que ingresan. No hace falta inventar peligros sobrenaturales para tomar en serio los peligros reales.

Y si aparece una propuesta que efectivamente incluye espiritismo, adivinación, invocaciones, rituales mágicos o exaltación consciente del satanismo, la posición cristiana es clara: no participar. La diferencia está entre una costumbre social o lúdica y una práctica religiosa u ocultista.

 

¿De dónde viene Halloween?

La palabra Halloween procede de la expresión inglesa All Hallows' Eve, es decir, “víspera de Todos los Santos”. El nombre mismo, por lo tanto, está ligado a la celebración cristiana del 1 de noviembre.

La historia cultural de la fecha, sin embargo, es compleja. En las islas británicas existió la antigua festividad gaélica de Samhain, asociada al final de la temporada de cosechas y al comienzo del invierno. Las tradiciones medievales y posteriores vincularon esa época del año con relatos sobre el Otro Mundo, los muertos, seres sobrenaturales, hogueras y diversas formas de adivinación. Pero no contamos con evidencia suficiente para reconstruir una única “ceremonia celta de Halloween” en la que estuvieran presentes todos los elementos que hoy suelen repetirse en internet.

Por eso conviene ser prudentes. No es históricamente correcto afirmar, por ejemplo, que los celtas construyeron Stonehenge, ni presentar como hecho seguro que en Samhain se sacrificaban personas en grandes hogueras. Tampoco es posible trazar una línea simple e ininterrumpida desde una fiesta pagana antigua hasta cada costumbre del Halloween moderno.

Lo más razonable es hablar de una superposición y transformación de tradiciones a lo largo de muchos siglos: festividades estacionales precristianas, celebraciones cristianas de los santos y los difuntos, folklore medieval y moderno, costumbres irlandesas y escocesas y, finalmente, una enorme reelaboración cultural y comercial en América del Norte.

 

Todos los Santos y los Fieles Difuntos

La conmemoración cristiana de los santos es muy antigua y no nació simplemente como una copia de Samhain. Ya en los primeros siglos los cristianos conmemoraban conjuntamente a los mártires. En Roma, el papa Bonifacio IV consagró el Panteón a Santa María y a todos los mártires el 13 de mayo de 609 o 610. Más tarde, Gregorio III, en el siglo VIII, fijó en Roma una conmemoración de todos los santos el 1 de noviembre, y Gregorio IV extendió esa celebración en el siglo IX.

La conmemoración de todos los fieles difuntos tiene otra historia. San Odilón de Cluny impulsó en sus monasterios la celebración del 2 de noviembre entre finales del siglo X y comienzos del XI, y desde allí la práctica se difundió ampliamente por la Iglesia occidental.

Que estas celebraciones cristianas hayan convivido y, con el tiempo, se hayan entrelazado con costumbres populares anteriores o paralelas no significa que todo lo que hoy llamamos Halloween sea pagano ni, a la inversa, que todo elemento de la cultura de Halloween sea cristiano. La historia real es bastante más mezclada.

 

Del souling y el guising al “trick or treat”

Entre los antecedentes de la costumbre moderna de pedir dulces se encuentran prácticas medievales y modernas de las islas británicas. En el llamado souling, personas pobres y posteriormente niños recorrían casas pidiendo alimentos, entre ellos los llamados soul cakes, a cambio de oraciones por los difuntos. En Escocia e Irlanda también se desarrolló el guising: niños disfrazados visitaban casas y ofrecían canciones, poemas u otras actuaciones a cambio de comida o pequeños regalos.

Estas tradiciones no se transformaron de manera automática en el actual trick or treat. La expresión comenzó a documentarse en América del Norte durante la década de 1920 y la costumbre se popularizó ampliamente, sobre todo en Estados Unidos y Canadá, a mediados del siglo XX. El Halloween infantil que hoy conocemos es, en buena medida, un producto moderno.

Por eso tampoco es necesario cargar la frase “trick or treat” con un significado ocultista que hoy la mayoría de los niños no le atribuye. En su uso actual suele ser simplemente la fórmula de un juego social: tocar una puerta y recibir golosinas.

 

La calabaza y la leyenda de Jack

La imagen de la calabaza iluminada, o jack-o'-lantern, también tiene una historia más compleja que una única explicación. En Irlanda y Escocia existen antecedentes de rostros tallados en nabos y otros vegetales. En América del Norte la calabaza, mucho más grande y fácil de tallar, terminó imponiéndose.

A esa costumbre se asoció posteriormente la leyenda de “Stingy Jack”, un personaje que engaña repetidas veces al diablo y termina condenado a vagar con una brasa encendida dentro de un nabo. Como ocurre con muchas historias folklóricas, existen numerosas versiones y no corresponde tratar cada detalle como si fuera un dato histórico.

Desde la fe cristiana tampoco hace falta otorgarle a esa leyenda un peso que no tiene. Es folklore. Puede ser contado, estudiado o incluso utilizado como motivo decorativo sin confundirlo con una enseñanza sobre el cielo, el infierno o el destino de los muertos. La doctrina cristiana sobre esas realidades no se obtiene de las leyendas populares, sino de la Revelación y de la tradición de la Iglesia.

 

Entonces, ¿qué puede celebrar un cristiano?

No creo que la respuesta adecuada sea reducir todo a “Halloween es satánico” ni afirmar lo contrario, como si cualquier práctica fuera espiritualmente indiferente. El cristiano puede participar de actividades familiares, infantiles o culturales siempre que no impliquen adhesión a prácticas ocultistas, supersticiosas o contrarias a la fe.

También puede aprovechar el 31 de octubre para recuperar conscientemente su sentido cristiano como víspera de Todos los Santos. Recordar a quienes vivieron el Evangelio, hablar con los niños de los santos, preparar la celebración del 1 de noviembre o simplemente compartir una actividad familiar son alternativas perfectamente coherentes con la fe.

El criterio no debería ser el miedo, sino el discernimiento. No se trata de ver demonios detrás de cada calabaza, pero tampoco de trivializar aquello que la Escritura y la Iglesia consideran incompatible con la relación con Dios. Entre la superstición y la ingenuidad hay un camino cristiano mucho más sensato.

Dios nos llama a creer en Jesucristo y a vivir de acuerdo con esa fe. Las obras no se separan de ella, sino que brotan del amor a Dios y al prójimo (St 2,17-18; Ga 5,6). El 31 de octubre, como cualquier otro día del año, también puede vivirse desde esa libertad.

“Examínenlo todo y quédense con lo bueno. Eviten toda clase de mal.” (1 Tes 5,21-22)

 

Fuentes de referencia:

• Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 2111 y 2115-2117.

• Ronald Hutton, The Stations of the Sun (Oxford, 1996) y “The Celtic New Year and Feast of the Dead” (Folklore, 2024).

• Catholic Encyclopedia, voces “All Saints’ Day” y “All Souls’ Day”.

• Smithsonian Institution, estudios históricos de divulgación sobre souling, guising, trick-or-treat y jack-o’-lanterns.