viernes, 11 de septiembre de 2026

Rosh Hashaná para cristianos: ¿por qué el Año Nuevo judío comienza en el séptimo mes?

 
Un año nuevo que empieza al caer el sol

Imaginemos que es viernes 11 de septiembre de 2026. Al atardecer llega un mensaje de un amigo judío: «¡Shaná Tová!». Acaba de comenzar el año 5787. Rosh Hashaná se celebra los días 1 y 2 de Tishrei y, este año, va desde la puesta del sol del viernes 11 hasta el anochecer del domingo 13. Para el judaísmo, las fiestas comienzan cuando cae el sol, no a las 00:00 como solemos contar los días en el calendario civil.

Si uno es cristiano, pertenece a lo que un judío podría llamar los goyim y quizás la escena resulte familiar, aunque no del todo comprensible. Goy significa originalmente «pueblo» o «nación»; su plural es goyim. La Biblia hebrea puede usarlo incluso para Israel, llamado «nación santa», goy kadosh (Ex 19,6). Más tarde pasó a designar al gentil o no judío y, según el contexto, puede sonar neutral, coloquial o despectivo.
 

«Cabeza del año»… en el séptimo mes

Rosh ha-Shaná significa literalmente «cabeza del año». Rosh es «cabeza», ha es el artículo y shaná significa «año». De allí nuestra traducción «Año Nuevo». La sorpresa es que comienza el 1 de Tishrei, séptimo mes del cómputo bíblico que parte de Nisán.

Éxodo establece que el mes de la Pascua será para Israel «el primero de los meses» (Ex 12,2). No hay contradicción. El judaísmo terminó reconociendo distintos comienzos de año según qué se contara, algo parecido a nuestros años civil, lectivo, fiscal o litúrgico. La Mishná, compilada hacia comienzos del siglo III d.C., habla de cuatro «años nuevos» y sitúa en el 1 de Tishrei el inicio del cómputo de los años y de los ciclos sabáticos y jubilares (Mishná Rosh Hashaná 1,1).

El número 5787 pertenece al cómputo tradicional llamado Anno Mundi, «año del mundo», construido a partir de genealogías y cronologías bíblicas. No es una datación científica de la edad del universo.


La Torá no la llama Rosh Hashaná

Las raíces de la fiesta son bíblicas, pero la Torá no describe todavía el Rosh Hashaná actual. Levítico manda que el primer día del séptimo mes sea una jornada de descanso, asamblea sagrada y «memorial de teru‘ah» (Lv 23,23-25). Números lo llama yom teru‘ah, un «día de teru‘ah», y prescribe los sacrificios correspondientes (Nm 29,1-6). Teru‘ah puede referirse a una aclamación o a un toque ritual.

La expresión rosh ha-shaná aparece en Ez 40,1, pero allí significa «comienzo del año» y no funciona como nombre técnico de la fiesta. La forma actual se fue configurando con desarrollos del judaísmo antiguo y rabínico y con costumbres propias de distintas comunidades.

¿Jesús celebró Rosh Hashaná? Fue un judío del siglo I y vivió dentro del calendario religioso de Israel, pero los evangelios no describen esta celebración. Sería anacrónico proyectar sobre su tiempo la liturgia y las costumbres actuales.


El sonido que despierta

El gran símbolo de Rosh Hashaná es el shofar. No es simplemente una trompeta, sino un instrumento hecho con un cuerno animal, con frecuencia de carnero. Ese animal quedó asociado también al relato de la atadura de Isaac, donde Abraham encuentra un carnero atrapado por los cuernos y lo ofrece en lugar de su hijo (Gn 22,13).

Durante la liturgia se escuchan distintos toques. Tekiah es un sonido largo y sostenido; shevarim, tres sonidos quebrados; teru‘ah, una serie breve y entrecortada. La Torá ordena la teru‘ah, pero la tradición posterior fue vinculando el shofar con la memoria, la realeza divina, el juicio y un llamado a despertar espiritualmente.

Ese volver hacia Dios recibe en hebreo el nombre de teshuvá. Suele traducirse «arrepentimiento» o «conversión», aunque conserva la idea de «retorno»: revisar la vida y volver al camino correcto.

En 2026 se da una particularidad. El primer día cae el sábado 12 de septiembre, es decir, en Shabat. Según la práctica rabínica tradicional, cuando Rosh Hashaná coincide con Shabat no se toca el shofar. La razón no es que soplarlo sea en sí un trabajo prohibido, sino una regulación destinada a proteger el descanso sabático. Por eso, en la mayoría de las comunidades tradicionales, este año se lo escuchará el domingo 13. Muchas congregaciones reformistas, en cambio, permiten tocarlo también en Shabat.


¿Por qué dura dos días?

Rosh Hashaná se celebra tradicionalmente durante dos días incluso en Israel. La explicación nace del antiguo modo de fijar los meses. Antes del calendario calculado, el inicio del mes dependía de la observación de la luna nueva y del testimonio aceptado por las autoridades. Como la fiesta comienza precisamente el día 1 de Tishrei, la incertidumbre afectaba a la propia celebración.

La observancia de dos días terminó consolidándose también en Israel. La tradición rabínica llegó a describirlos como yoma arikhta, «un día largo». Hoy la mayoría de las comunidades tradicionales conserva ambos, mientras muchas comunidades reformistas y liberales observan principalmente uno.


Alegría, juicio y el Libro de la Vida

Rosh Hashaná no es simplemente un «1 de enero judío». Hay comidas familiares, buenos deseos y alegría, pero también examen personal. La Mishná presenta la fecha como un momento de juicio en el que la humanidad comparece ante Dios (Mishná Rosh Hashaná 1,2).

Con Rosh Hashaná comienzan los Diez Días de Arrepentimiento, que culminan en Yom Kippur, el Día de la Expiación. En 2026, Yom Kippur va desde el atardecer del domingo 20 de septiembre hasta el anochecer del lunes 21. Rosh Hashaná conserva, sin embargo, su propia identidad, marcada por la memoria, el juicio y la esperanza.

En ese marco aparece el «Libro de la Vida». La imagen tiene antecedentes bíblicos. Moisés pide ser borrado del libro de Dios si Israel no es perdonado (Ex 32,32-33), y Daniel habla de quienes se encuentren inscritos en el libro y sean salvados (Dn 12,1). La tradición litúrgica posterior desarrolló la imagen de una inscripción en Rosh Hashaná y un sellado en Yom Kippur. No se trata de imaginar un registro celestial material, sino de un lenguaje religioso sobre juicio, fragilidad, responsabilidad, conversión y misericordia.


Una mesa que desea un año dulce

La imagen más conocida quizás sea la manzana con miel, con la que se desea un año bueno y dulce. No es una prescripción de la Torá, sino una costumbre posterior muy difundida, especialmente entre judíos asquenazíes, de tradición centroeuropea y oriental.

Tampoco existe un menú universal. En tradiciones sefardíes, ligadas históricamente a la península ibérica y al Mediterráneo, y mizrajíes, procedentes de Oriente Medio y regiones vecinas, aparecen dátiles, granadas, puerros, calabaza, remolacha y, en algunos hogares, una cabeza de pescado. Cada alimento expresa buenos deseos para el año que comienza.

La jalá es el pan trenzado que acompaña habitualmente el Shabat y otras celebraciones. En Rosh Hashaná muchas comunidades preparan una jalá redonda, interpretada como imagen del ciclo del año, de la continuidad o de una corona que recuerda la realeza divina. Son interpretaciones tradicionales, no una explicación histórica única.

Algunas comunidades practican también el tashlij. Consiste en acercarse a un curso o masa de agua y rezar inspirándose en la imagen de Miqueas, donde Dios arroja los pecados «a las profundidades del mar» (Miq 7,19). En ciertos lugares se popularizó arrojar migas, aunque no es indispensable y algunas autoridades lo desaconsejan. El gesto no sustituye el arrepentimiento, la reparación del daño ni la reconciliación.


¿Qué deseamos cuando decimos «Shaná Tová»?

Shaná Tová significa «buen año» o «que sea un buen año». También puede escucharse Shaná tová umetuká, «un año bueno y dulce». Un cristiano puede usar perfectamente ese saludo con un amigo o conocido judío. Es un deseo de bien, no una profesión religiosa ajena.

Conocer Rosh Hashaná ayuda a leer mejor las Escrituras de Israel y el mundo religioso de Jesús, María, los apóstoles y las primeras comunidades cristianas. Pero el judaísmo actual no es una reliquia destinada a explicar nuestros orígenes. Es una tradición viva y diversa que merece ser comprendida en sus propios términos. En ese espíritu, el Concilio Vaticano II alentó el «mutuo conocimiento y aprecio» entre cristianos y judíos (Nostra aetate 4).

Después de recorrer el calendario, el shofar, el juicio y la mesa familiar, aquellas dos palabras del comienzo ya suenan de otra manera. Shaná Tová sigue significando «buen año», pero detrás hay un llamado a despertar, una invitación a revisar la vida y una mesa que desea dulzura para lo que viene. Para un cristiano, conocer todo esto no implica apropiarse de Rosh Hashaná ni buscar una lectura cristológica para cada costumbre. Significa algo más sencillo: comprender mejor a quienes la celebran y acercarse con respeto a una tradición viva que comparte con nosotros buena parte del lenguaje bíblico con el que aprendimos a hablar de Dios.


jueves, 11 de junio de 2026

Mater Populi fidelis: lo que el Papa no negó sobre María

 

El 4 de noviembre de 2025, el Dicasterio para la Doctrina de la Fe publicó Mater Populi fidelis, una nota doctrinal sobre algunos títulos marianos vinculados con la cooperación de María en la obra de la salvación. El texto fue aprobado por el papa León XIV el 7 de octubre, memoria de Nuestra Señora del Rosario, y desde entonces generó un revuelo que, en buena medida, nació de lecturas apresuradas.

Algunos entendieron que ya no había que rezarle a María. Otros creyeron que se negaba su papel como Mediadora, Auxilio de los cristianos o Madre espiritual. También se dijo que Roma había cambiado los dogmas marianos, como si la Iglesia estuviera retrocediendo en lo que siempre creyó sobre la Virgen.

Pero el documento no dice eso.

Mater Populi fidelis no prohíbe la devoción mariana ni la considera sospechosa. Al contrario, la valora como parte viva de la fe del pueblo cristiano. Lo que pide es cuidar el lenguaje, para que el amor a María no termine oscureciendo la verdad central de la fe: Cristo es el único Redentor y el único Mediador en sentido absoluto.

Ese es el núcleo de la aclaración. La Iglesia honra a María de un modo singular, pero no la coloca en el mismo plano que Cristo. Todo lo que María es, lo es por gracia de Dios. Todo lo que María hace, lo hace desde Cristo y hacia Cristo. Su grandeza no consiste en competir con el Hijo, sino en conducirnos a Él.

Por eso el documento mira con cautela el título de “Corredentora”. No porque niegue la cooperación única de María en la salvación. La nota recuerda que su maternidad no fue meramente biológica o pasiva, sino “plenamente activa”, unida al misterio salvífico de Cristo. Su “sí” en la Anunciación y su maternidad divina forman parte de su lugar único en el plan de Dios.

El problema está en la palabra. “Corredentora” puede explicarse correctamente en contextos teológicos muy precisos, pero en el lenguaje común se presta a confusión. Para muchos, el prefijo “co-” suena a igualdad, paralelismo, como si Cristo y María redimieran juntos en el mismo nivel. Y eso la fe católica no lo puede aceptar. La redención de Cristo es perfecta, suficiente y no necesita añadidos. María coopera, sí, pero de modo subordinado, recibido y dependiente de la única redención de su Hijo.

Aquí aparece una objeción frecuente: “Cristo no necesita intermediarios; puedo ir directamente a Dios”. Bien entendida, la frase es verdadera. Nadie está obligado a pasar por María como si Dios estuviera lejos o como si Jesús fuera inaccesible. La gracia no baja por escalones. No viene primero de Dios, después pasa por María y recién entonces llega al creyente.

Pero la pregunta no es si Cristo “necesita” a María. Dios no necesita a nadie. La verdadera pregunta es si Dios quiso asociar libremente a María a la Encarnación y a la obra de la salvación. Y la respuesta católica es sí. No porque Cristo sea insuficiente, sino porque Dios quiso que el Salvador naciera de una mujer, que la libertad humana respondiera con un “sí”, y que esa Madre quedara unida de manera única al misterio de su Hijo. La mediación de María no reemplaza el acceso directo a Cristo; lo acompaña maternalmente.

El trasfondo histórico ayuda a entender mejor. En los primeros siglos, la gran discusión mariana no nació de un deseo de “agrandar” a María por sí misma, sino de proteger la verdad sobre Cristo. En el Concilio de Éfeso, en el año 431, la Iglesia confesó a María como Theotokos, Madre de Dios, frente a quienes preferían limitarla a Christotokos, Madre de Cristo. No era un detalle devocional. Decir que María es Madre de Dios afirmaba que el que nació de ella no era un simple hombre unido a Dios desde afuera, sino el Hijo eterno hecho carne.

Desde entonces, la mariología católica auténtica conserva una regla sencilla: hablar bien de María es hablar bien de Cristo. Si un título mariano ayuda a contemplar mejor al Hijo, puede ser fecundo. Si lo oscurece, lo duplica o exige demasiadas aclaraciones para no ser malentendido, conviene evitarlo.

Esa línea explica también la postura de los Papas anteriores. Algunos utilizaron el título “Corredentora” en ocasiones concretas, sobre todo para expresar la unión singular de María con Cristo en el misterio de la cruz. No se trata aquí de resolver, desde el método histórico-crítico, cómo debe reconstruirse la escena de Juan 19, sino de leer teológicamente el dato que el cuarto Evangelio ofrece a la fe de la Iglesia: María aparece junto a la cruz, asociada al momento supremo de la entrega del Hijo. En ese marco doctrinal y espiritual, San Juan Pablo II empleó varias veces el término, aunque después de 1996 ya no volvió a usarlo. Joseph Ratzinger consideró que esos títulos no estaban maduros para una definición dogmática y que podían alejarse demasiado del lenguaje bíblico y patrístico. Francisco fue más directo: María no se presentó como corredentora, sino como discípula; el Redentor es uno solo.

Algo parecido ocurre con “Mediadora de todas las gracias”. Mater Populi fidelis no niega que María interceda ni que sea Auxilio de los cristianos. Lo que rechaza es imaginarla como una especie de canal obligatorio por donde necesariamente tendría que pasar toda gracia. María ruega, acompaña, protege, educa la fe y dispone el corazón. Pero quien justifica, salva y comunica la vida divina es Dios.

En definitiva, el documento no cambia los dogmas marianos. No niega la maternidad divina, la virginidad, la Inmaculada Concepción ni la Asunción. Tampoco prohíbe rezarle a María ni acudir a su intercesión. Lo que hace es purificar el lenguaje para que la devoción mariana siga siendo plenamente católica.

Y purificar no es quitar amor. Es hacerlo más verdadero. María no necesita títulos ambiguos para ser grande. Le basta con ser lo que la fe de la Iglesia confiesa de ella: Madre de Dios, Madre del Pueblo fiel, primera discípula y presencia maternal en el camino de los creyentes. Su grandeza no consiste en ocupar el lugar de Cristo, sino en transparentarlo. Por eso, una devoción mariana auténticamente católica no termina en María, sino que, a través de ella, vuelve siempre al Hijo.